Hace ya algunos años pude explicarme uno de los fantasmas que desde mi niñez televisiva me venía acompañando. Recuerdo aquellas tardes del sábado, pegado a la televisión, junto a mi hemano, esperando con ansiedad una nueva entrega del Coyote y el Correcaminos. Ya entonces me hacía ciertas preguntas: ¿Cómo se puede ser tan tonto para estropearlo todo en tan poco tiempo? ¿Cómo era posible que el destino se cebara tanto en ese pobre Coyote? Aparte de mi fascinación por todos aquellos aparatos e inventos que de nada le servían, y además de mi más profunda repulsión por aquella retorcida avestruz, ya de pequeño, lo recuerdo con claridad, pensaba que había truco escondido. Que en alguna parte de la historia estaba la clave para entender todas aquellas contradicciones. Hoy sé que la historia que nos contaban era un sutil discurso sobre el deseo cristiano, sobre la conformidad social frente a lo que no podemos o no nos dejan conseguir. Pero, por otro lado, también sé que Coyote era una fabulosa metáfora sobre la tecnología contemporánea, sobre el concepto de velocidad y sobre la gestión institucional de esa idea.
El Coyote luchaba contra la velocidad, contra un mundo que iba más rápido que si mismo, contra un objeto de deseo inalcanzable, no porque no pudiera ser atrapado, sino porque iba demasiado rápido. Por esa razón, el Coyote se pasaba el día equipándose con todo tipo de artilugios, es un superjeto, en la terminología de Deleuze; necesitaba de esas máquinas, de esas prótesis para ponerse al diapasón del mundo (de Correcaminos, un objetil) para establecer una relación igualitaria. Sus máquinas casi siempre eran dispositivos de velocidad, tecnologías de desplazamiento. El Coyote era una especie de cyborg; un ser consciente de que para dejar de ver las cosas emborronadas tenía que ponerse a la misma velocidad que esas cosas. Y no pocas veces lo conseguía. Aunque, eso sí, preocupado por correr como la maldita avestruz, nunca se acordaba de comérsela en el momento oportuno.
La fábula del Coyote y el Correcaminos sin duda no fue nueva, pero quizás ha sido de las primeras en llegar simultáneamente a millones de personas en un mismo instante, a través de la televisión. En realidad, fue Galileo quien puso la primera piedra de este debate: un agujero en el que mirar a lugares muy lejanos. Con la invención del telescopio, el astrónomo italiano y otros que le siguieron establecieron que las distancias eran tan enormes y relativas que se hacía necesario un total replanteamiento de la idea de velocidad. Más que eso; con el telescopio se hacía patente que para establecer la más mínima noción empírica de velocidad era necesaria la "máquina"; artefactos que fueran capaces de deducir la distancia, de conquistar el espacio. La ciencia, desde el Barroco, es un puro ejercicio por dominar la velocidad; desde los más diminutos e infinitesimales procesos físico-químicos, que se producen en nanomilésimas de segundo hasta las más progresivas transformaciones cósmicas; desde nuestros constantes cambios de humor hasta las infinitas variables que hacen de un proceso histórico algo voluble. Todo se convierte en probabilismo, la ley jesuita del relativismo. Todo pasa a componerse de posibilidades, de variaciones. Se trata de dominar la variable para así estar más preparado en el momento de su fantasmagórica aparición. Es decir, nos equipamos con determinadas tecnologías, como el telescopio, el microscopio, para analizar procesos más allá de nuestra simple percepción sensorial; nos damos máquinas fotográficas o de cine para captar una realidad huidiza; nos compramos televisores, radios u ordenadores para dar sentido a una velocidad de comunicación y gestión de información que funciona a kilobytes por segundo; e inventamos el tren, el coche o el avión para convertir la distancia en algo táctil, a la luz de aquellas tecnologías decimonónicas, como el telégrafo, que auguraban una velocidad suprema en la información del mundo.
Con el telescopio, el hombre podía detectar astros a años luz de la tierra; los podía ver pero no los podía tocar, como le pasaba al Coyote. Toda la ciencia pasó a fundamentarse en la idea de predicción; de análisis empíricos que pudieran demostrar cosas que eran intangibles, que estaban muy lejos pero que podíamos observar con nitidez en el cristal de la máquina frente a nuestro ojo. Es extremadamente difícil fotografiar un átomo; cuando lo iluminamos, éste sale despedido. Lo que vemos del átomo es un rastro, a través del cual deducimos su existencia. La velocidad de fuga es el objetivo a medir. Observar los astros suponía calcular el tiempo que la luz tardaba en llegar a la tierra, con el propósito de fijar así la fecha real de los planetas en el momento de su observación. La ciencia, en realidad, pasaba a ser ciencia-ficción o, mejor dicho, ciencia-predicción, ciencia-búsqueda a fin de entender lo que se vé en el cristal. Una ciencia producto de la necesidad de predecir, como si de una voluntad militar se tratara: la anticipación ante hechos que existen, cuya probabilidad y existencia está corroborada. Los ordenadores, sin ir más lejos, son lo que son porque se originaron en contextos, como los militares, en los que la predicción es fundamental: el cálculo balístico o los escenarios de estrategia que requieren cómputos enormes con montones de variables. Las reglas de esa ciencia-predicción las encontramos hoy por doquier: en las estrategias de inversión en bolsa, en las decisiones a tomar por un jugador frente a la cónsola de un video-juego, en la realidad virtual en dónde podemos simular un edificio que aún no ha sido construido, o en los comentarios de revista en los que señalan los errores científicos de la serie Star Trek (¿cómo se pueden conocer los errores científicos en el diseño de una nave espacial del año 4000?).
Esto tiene mucha enjundia, si se paran un momento a pensar en ello. Si la ciencia emprende una carrera para establecer aquello que puede pasar, entonces es toda una tentación crear una realidad en función de aquello que ha de venir. Ya ven que ésto tiene mucho de religioso, y desde luego no es por casualidad. La ciencia la hemos hecho teleológica, es decir, existe en función de algo futuro, de una manera muy similar al modelo religioso. La ciencia, al mostrarnos que hay cosas posibles, demostrables en el cristal de la mirilla o de la pantalla pero aún no asimilables rompe de cuajo los modelos clásicos de la realidad y de la ficción, para comprometerlo todo en un estado de probabilidades y simulación, de tests de cercanía respecto de lo que se vé al final del telescopio. Esas probabilidades ciertamente acaban afectando a nuestro propio presente, puesto que en el entramado de poder legislamos la realidad con los ojos puestos en ese día que llegará. Legislación que invariablemente viene establecida institucionalmente y que legitima los propios mecanismos científicos por su capacidad de predicción y de registro.
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viernes, 28 de marzo de 2008
Leibniz: ¿Cómo ver si no hay ventanas?
Decíamos que Leibniz hablaba del cuerpo como una habitación sin ventanas, y que de alguna manera era necesario recrearlas para podernos comunicar.
Si el cuerpo no tiene ventanas, no vemos ni nos ven. El valor de la credibilidad, al tener que representarnos sin que pueda verificarse nuestro libreto, encerrado en las cuatro paredes de nuestra casa sellada, se convierte en el adhesivo que comunica y vincula. Ese espacio simulado para reproducirnos ante el mundo es “como una ventana en la que se vé lo mismo desde los dos lados”. El mundo está en uno, porque en mi ventana veo lo mismo que los de afuera. Un espacio de información y de organización visual. Una organización comunicacional al servicio de la multiplicidad de contextos y relaciones distintas, por tanto una organización ágil para adaptarse y de rápida comprensión desde el exterior. Leibniz viene a decir que considera necesaria la creación de interfaces.
Sin embargo, algunos barrocos decían que “el cuerpo es una necesidad para el ser”, porque es la única estrategia para que los demás sepan dónde estás. Leibniz y otros adaptaron el lenguaje binario digital. El mundo digital son construcciones representacionales, fachadas contratadas para localizar las cosas reales, las cosas que ya no están quietas. El Coyote no podía ver al Correcaminos, por eso se equipaba de toda la tecnología Acme posible. La fachada del lenguaje digital proporciona una sorprendente capacidad para construir estas estrategias; tal capacidad, que nosotros mismos nos hacemos dispositivos estratégicos, siempre listos para estar en el lugar apropiado y captar la mejor imagen. Y para matar de una vez por todas al repulsivo Correcaminos.
En 1960, Ivan Sutherland presentó una tesis doctoral en el área de la inteligencia artificial que demostró una nueva manera de interactuar con los ordenadores, que hasta ese momento no eran más que combinaciones alfanuméricas, interminables tiras de datos en cintas perforadas o dígitos en una pantalla de radar circular. Sutherland pensó que las pantallas y las computadoras digitales podían ofrecer un medio de familiarizarse con conceptos no perceptibles en el mundo físico, “mediante la colocación de una ventana, o cristal de algún tipo” en el maravilloso mundo de las matemáticas de un ordenador. Ocho años más tarde, Sutherland establecería el modelo “definitivo” de casco virtual o HMD (Head Mounted Display) incorporando la informática. Más tarde, la NASA y el Departamento de Defensa norteamericano expandieron estos experimentos como simuladores de vuelo y en entrenamiento para manejar tanques y submarinos.
En otoño de 1968, durante las sesiones del Fall Joint Computer Conference, celebradas en el Civic Auditorium de San Francisco, Doug Engelbart presentó un nuevo modelo de relación con los computadores que a la postre revolucionaría de arriba a abajo el mundo informático. Se trataba en realidad de un nuevo sistema de simulación de vuelo.
Durante la presentación, un sistema de proyección electrónica proporcionaba una imagen de gran definición, veinte veces el tamaño de una persona sobre una gran pantalla. Engelbart se situó sobre una especie de tarima dando la espalda a la pantalla, sentado y con sus manos en una extraña cónsola, llevando en la cabeza un juego de auriculares y micrófonos. En la cónsola, una pantalla pequeña le permitía observar lo mismo que en la grande y un teclado de escritura estaba en el centro. A la izquierda, un juego de cinco teclas numéricas le servía para introducir órdenes y a la derecha había una especie de caja del tamaño de un paquete de cigarrillos, con botones encima y conectado por un cable a la cónsola. Engelbart lo movía sobre la mesa con su mano derecha. Era el “mouse” o ratón.
“Imagina que estás en un nuevo tipo de vehículo con un alcance ilimitado en el tiempo y en el espacio”, ha escrito Howard Rheingold respecto a los experimentos de Engelbart. “En este vehículo hay una ventana mágica que te permite escoger entre una gran variedad de visiones posibles y filtrar rápidamente un vasto campo de posibilidades, desde lo microscópico a lo galáctico, desde una palabra concreta en un libro concreto en una biblioteca determinada hasta el resumen de un entero campo de conocimiento (...) El territorio que ves a través de la ventana aumentada en tu nuevo vehículo no es el paisaje normal de llanos, árboles y océanos, sino un paisaje de información cuyos elementos son palabras, números, gráficos, imágenes, conceptos, párrafos, argumentos, relaciones, fórmulas, diagramas, etc. El efecto marea al principio. En palabras de Engelbart, ‘todos nuestros viejos hábitos sobre organizar la información se han dinamitado por la exposición a un sistema modelado, no sobre lápices e imprentas, sino sobre la forma misma en que la mente humana procesa la información’.”
¿Qué pasa si sólo soy ciego cuando salgo de la habitación? ¿Cómo puede ser que perciba lo que tengo en casa y en cambio no vea un pimiento de lo que hay fuera? La única solución posible sería invitar a los de fuera a entrar en casa para así poder saber cómo son. Pero entonces, asumiendo que a los demás les pasa lo mismo que a mi, cuando salgan de sus casas -si es que han conseguido descubrir la manera de hacerlo, lo que es de amplio dudar- estarán ciegos y no podrán verme. Con lo que en realidad no ganamos nada. ¿Qué tenemos que hacer pues para poder ver nuestros traseros, para olernos el aliento y estar seguros de que no se trata de un ejercicio de imaginación sino que verdaderamente esa otra persona desprende la inevitable fragancia de un ágape con ajos? ¿Habría que entender cuando dice Leibniz que “este es el mejor de los mundos posibles” que lo es porque se puede ver y por lo tanto es posible? ¿Es decir, que existe porque se puede ver? ¿Y qué es lo que se puede ver si no es sólo nuestra propia habitación sin ventanas y poco aireada? ¿O habría que entender que de lo que se trata es que “es el mejor de los mundos posibles” por que no lo podemos ver, eso que está más allá de la pared? ¿Porque lo único que podemos hacer es imaginarlo?
En el Renacimiento, se asumía que las ventanas era transparentes y las paredes oclusivas. Otra asunción fundamental en la perspectiva lineal renacentista era que la ventana era plana. Organizar el mundo de manera que pueda ser comprendido en dos dimensiones es bastante patético. Pero eso no es todo. ¿Por qué demonios tenemos que pensar el mundo de la misma manera que lo vemos, con primeros, segundos y terceros planos? se preguntaba Leibniz (Newton no soportaba a Leibniz cuando se ponía a pensar estas cosas; al fin y al cabo toda esa historia se acababa de cuajo cuando la manzana golpeaba estruendosamente el suelo y todos los planos y estratos posibles se iban a hacer gárgaras).
Pienso en las pocas ventanas que tengo a mi disposición. La cuestión de la disposición lleva normalmente a pensar que alguien lo ha dispuesto así. Pero en cambio yo juraría que están allí porque son los boletos que me han tocado en la tómbola ocular. Creo recordarlos. Pienso en el visor de mi cámara fotográfica, en el visor de mi cámara de video, en el caso de que en algún cumpleaños me hubieran regalado una (siempre me caen plantas que por la ley de la gravedad humana, esto es, el olvido acuático, se tuercen hacia abajo prematuramente); pienso en mi Mac que no pide agua, acostumbrado a las bebidas de más voltaje, pienso en los prismáticos que me dejan ver relativamente, siempre en contínua batalla con mis gafas, y pienso en los puntitos negros que pululan en mi campo de visión con regularidad y tesón.
Las conciencias individuales, en sí mismas, están cerradas unas de otras; sólo pueden comunicarse por medio de signos donde se traducen sus estados interiores, escribió Emile Durkheim.
Si el cuerpo no tiene ventanas, no vemos ni nos ven. El valor de la credibilidad, al tener que representarnos sin que pueda verificarse nuestro libreto, encerrado en las cuatro paredes de nuestra casa sellada, se convierte en el adhesivo que comunica y vincula. Ese espacio simulado para reproducirnos ante el mundo es “como una ventana en la que se vé lo mismo desde los dos lados”. El mundo está en uno, porque en mi ventana veo lo mismo que los de afuera. Un espacio de información y de organización visual. Una organización comunicacional al servicio de la multiplicidad de contextos y relaciones distintas, por tanto una organización ágil para adaptarse y de rápida comprensión desde el exterior. Leibniz viene a decir que considera necesaria la creación de interfaces.
Sin embargo, algunos barrocos decían que “el cuerpo es una necesidad para el ser”, porque es la única estrategia para que los demás sepan dónde estás. Leibniz y otros adaptaron el lenguaje binario digital. El mundo digital son construcciones representacionales, fachadas contratadas para localizar las cosas reales, las cosas que ya no están quietas. El Coyote no podía ver al Correcaminos, por eso se equipaba de toda la tecnología Acme posible. La fachada del lenguaje digital proporciona una sorprendente capacidad para construir estas estrategias; tal capacidad, que nosotros mismos nos hacemos dispositivos estratégicos, siempre listos para estar en el lugar apropiado y captar la mejor imagen. Y para matar de una vez por todas al repulsivo Correcaminos.
En 1960, Ivan Sutherland presentó una tesis doctoral en el área de la inteligencia artificial que demostró una nueva manera de interactuar con los ordenadores, que hasta ese momento no eran más que combinaciones alfanuméricas, interminables tiras de datos en cintas perforadas o dígitos en una pantalla de radar circular. Sutherland pensó que las pantallas y las computadoras digitales podían ofrecer un medio de familiarizarse con conceptos no perceptibles en el mundo físico, “mediante la colocación de una ventana, o cristal de algún tipo” en el maravilloso mundo de las matemáticas de un ordenador. Ocho años más tarde, Sutherland establecería el modelo “definitivo” de casco virtual o HMD (Head Mounted Display) incorporando la informática. Más tarde, la NASA y el Departamento de Defensa norteamericano expandieron estos experimentos como simuladores de vuelo y en entrenamiento para manejar tanques y submarinos.
En otoño de 1968, durante las sesiones del Fall Joint Computer Conference, celebradas en el Civic Auditorium de San Francisco, Doug Engelbart presentó un nuevo modelo de relación con los computadores que a la postre revolucionaría de arriba a abajo el mundo informático. Se trataba en realidad de un nuevo sistema de simulación de vuelo.
Durante la presentación, un sistema de proyección electrónica proporcionaba una imagen de gran definición, veinte veces el tamaño de una persona sobre una gran pantalla. Engelbart se situó sobre una especie de tarima dando la espalda a la pantalla, sentado y con sus manos en una extraña cónsola, llevando en la cabeza un juego de auriculares y micrófonos. En la cónsola, una pantalla pequeña le permitía observar lo mismo que en la grande y un teclado de escritura estaba en el centro. A la izquierda, un juego de cinco teclas numéricas le servía para introducir órdenes y a la derecha había una especie de caja del tamaño de un paquete de cigarrillos, con botones encima y conectado por un cable a la cónsola. Engelbart lo movía sobre la mesa con su mano derecha. Era el “mouse” o ratón.
“Imagina que estás en un nuevo tipo de vehículo con un alcance ilimitado en el tiempo y en el espacio”, ha escrito Howard Rheingold respecto a los experimentos de Engelbart. “En este vehículo hay una ventana mágica que te permite escoger entre una gran variedad de visiones posibles y filtrar rápidamente un vasto campo de posibilidades, desde lo microscópico a lo galáctico, desde una palabra concreta en un libro concreto en una biblioteca determinada hasta el resumen de un entero campo de conocimiento (...) El territorio que ves a través de la ventana aumentada en tu nuevo vehículo no es el paisaje normal de llanos, árboles y océanos, sino un paisaje de información cuyos elementos son palabras, números, gráficos, imágenes, conceptos, párrafos, argumentos, relaciones, fórmulas, diagramas, etc. El efecto marea al principio. En palabras de Engelbart, ‘todos nuestros viejos hábitos sobre organizar la información se han dinamitado por la exposición a un sistema modelado, no sobre lápices e imprentas, sino sobre la forma misma en que la mente humana procesa la información’.”
¿Qué pasa si sólo soy ciego cuando salgo de la habitación? ¿Cómo puede ser que perciba lo que tengo en casa y en cambio no vea un pimiento de lo que hay fuera? La única solución posible sería invitar a los de fuera a entrar en casa para así poder saber cómo son. Pero entonces, asumiendo que a los demás les pasa lo mismo que a mi, cuando salgan de sus casas -si es que han conseguido descubrir la manera de hacerlo, lo que es de amplio dudar- estarán ciegos y no podrán verme. Con lo que en realidad no ganamos nada. ¿Qué tenemos que hacer pues para poder ver nuestros traseros, para olernos el aliento y estar seguros de que no se trata de un ejercicio de imaginación sino que verdaderamente esa otra persona desprende la inevitable fragancia de un ágape con ajos? ¿Habría que entender cuando dice Leibniz que “este es el mejor de los mundos posibles” que lo es porque se puede ver y por lo tanto es posible? ¿Es decir, que existe porque se puede ver? ¿Y qué es lo que se puede ver si no es sólo nuestra propia habitación sin ventanas y poco aireada? ¿O habría que entender que de lo que se trata es que “es el mejor de los mundos posibles” por que no lo podemos ver, eso que está más allá de la pared? ¿Porque lo único que podemos hacer es imaginarlo?
En el Renacimiento, se asumía que las ventanas era transparentes y las paredes oclusivas. Otra asunción fundamental en la perspectiva lineal renacentista era que la ventana era plana. Organizar el mundo de manera que pueda ser comprendido en dos dimensiones es bastante patético. Pero eso no es todo. ¿Por qué demonios tenemos que pensar el mundo de la misma manera que lo vemos, con primeros, segundos y terceros planos? se preguntaba Leibniz (Newton no soportaba a Leibniz cuando se ponía a pensar estas cosas; al fin y al cabo toda esa historia se acababa de cuajo cuando la manzana golpeaba estruendosamente el suelo y todos los planos y estratos posibles se iban a hacer gárgaras).
Pienso en las pocas ventanas que tengo a mi disposición. La cuestión de la disposición lleva normalmente a pensar que alguien lo ha dispuesto así. Pero en cambio yo juraría que están allí porque son los boletos que me han tocado en la tómbola ocular. Creo recordarlos. Pienso en el visor de mi cámara fotográfica, en el visor de mi cámara de video, en el caso de que en algún cumpleaños me hubieran regalado una (siempre me caen plantas que por la ley de la gravedad humana, esto es, el olvido acuático, se tuercen hacia abajo prematuramente); pienso en mi Mac que no pide agua, acostumbrado a las bebidas de más voltaje, pienso en los prismáticos que me dejan ver relativamente, siempre en contínua batalla con mis gafas, y pienso en los puntitos negros que pululan en mi campo de visión con regularidad y tesón.
Las conciencias individuales, en sí mismas, están cerradas unas de otras; sólo pueden comunicarse por medio de signos donde se traducen sus estados interiores, escribió Emile Durkheim.
Deleuze y las prótesis
Las reflexiones sobre un sujeto que utiliza prótesis ajenas a su organismo como forma de establecer una relación más directa con el mundo ha cautivado -y mucho- las mentes de intelectuales y artistas, cuya vinculación a la realidad se defiende por un afán de des-composición y recreación para así visualizar lo que la lógica mecanicista nos niega. La imagen de un sujeto (que se considera "natural" en la medida que dispone estrictamente de una morfología otorgada de golpe en el nacimiento) provisto de dispositivos simbióticos (interfaces informáticos) o implatandos (prótesis) nos acerca a algunos territorios espectrales, por lo atávicos, en lo que respecta a nuestra certeza o seguridad. La imagen del cyborg aparece en el centro de los discursos porque vivimos una realidad en completo movimiento y eso “se supone” que pone en jaque elementos esenciales de nuestro ser. Hoy, parecemos percibir una realidad borrosa que se compone de infinitos objetos, todos ellos sometidos a una ley caótica de la velocidad y la migración; un objeto en movimiento que comporta una correlación en la forma en que nosotros miramos, percibimos y en la manera en que desarrollamos nuestras estrategias a la hora de captar, definir y describir lo que "se nos pone" delante de los ojos. Por tanto, en realidad, el discurso sobre lo protésico tiene que ver directamente con el ámbito de la representación, pues en el fondo se trata de cómo mostrar lo que está en movimiento. Y es esa, quizás, una de las razones fundamentales para que éste debate se haga especialmente intenso en el ámbito de la expresión visual, de la experimentación artística; ¿cómo conseguir que las cosas se vean? Es más ¿es realmente necesario hacer que las cosas "aparezcan" cuando las cosas ya nunca más se definen por "sí mismas" sino en función de dónde aparecen o desde dónde las vemos aparecer?
Un mundo en vértigo provoca una mirada vertiginosa. El impulso de captar lo que está sujeto a la velocidad conlleva que, como observadores, también nos pongamos en movimiento; que seamos capaces de diseñar unas estrategias que nos permitan jugar "paritariamente" con lo que nos rodea. Me viene a la cabeza, por ejemplo, la película “Depredador”. La visión del alienígena está equipada para detectar el movimiento instantáneamente y su misma naturaleza simbiótica se define por su voluntad de adaptación y supervivencia. Deleuze, de mano de Whitehead, ha tocado estas cuestiones de manera muy sugerente. El habló de objetiles (objetos como proyectiles) y de superjetos, o sujetos preparados y entrenados para hacer frente a la extrema movilidad. Para fijar la imagen de un coche de Fórmula 1 en un circuito de carreras, no nos basta con una simple cámara fotográfica: hemos de ajustarla para que sea capaz de sacar una instantánea del objeto que esté definida y sin los contornos desdibujados. De la misma manera, un miope necesita unas gafas para establecer relaciones fiables con aquello que intuye en su mirada. Necesita "corregir" una desproporción; crea un juego de anamorfosis a la manera barroca. El sujeto, ante una realidad huidiza, debe tomar medidas. Medidas que básicamente afectan a la representación, a la via por la cual unæ define la apariencia de las cosas, a la forma en que unæ se define a sí mismo ante ellas, pues si nosotræs vemos el mundo como una nube fugaz, es de esperar que el mundo también pueda vernos de la misma manera. Así pues, ¿qué voz segura puede existir si, al hablar de apariencias, lo hacemos sabiendo que nosotræs mismæs somos aparentes? Los interfaces se legitimarán como placebos ante esa angustia.
Un mundo en vértigo provoca una mirada vertiginosa. El impulso de captar lo que está sujeto a la velocidad conlleva que, como observadores, también nos pongamos en movimiento; que seamos capaces de diseñar unas estrategias que nos permitan jugar "paritariamente" con lo que nos rodea. Me viene a la cabeza, por ejemplo, la película “Depredador”. La visión del alienígena está equipada para detectar el movimiento instantáneamente y su misma naturaleza simbiótica se define por su voluntad de adaptación y supervivencia. Deleuze, de mano de Whitehead, ha tocado estas cuestiones de manera muy sugerente. El habló de objetiles (objetos como proyectiles) y de superjetos, o sujetos preparados y entrenados para hacer frente a la extrema movilidad. Para fijar la imagen de un coche de Fórmula 1 en un circuito de carreras, no nos basta con una simple cámara fotográfica: hemos de ajustarla para que sea capaz de sacar una instantánea del objeto que esté definida y sin los contornos desdibujados. De la misma manera, un miope necesita unas gafas para establecer relaciones fiables con aquello que intuye en su mirada. Necesita "corregir" una desproporción; crea un juego de anamorfosis a la manera barroca. El sujeto, ante una realidad huidiza, debe tomar medidas. Medidas que básicamente afectan a la representación, a la via por la cual unæ define la apariencia de las cosas, a la forma en que unæ se define a sí mismo ante ellas, pues si nosotræs vemos el mundo como una nube fugaz, es de esperar que el mundo también pueda vernos de la misma manera. Así pues, ¿qué voz segura puede existir si, al hablar de apariencias, lo hacemos sabiendo que nosotræs mismæs somos aparentes? Los interfaces se legitimarán como placebos ante esa angustia.
Leibniz y la habitación sin ventanas
Leibniz abre la concepción moderna del interfaz al sugerir que el cuerpo es como una habitación sin ventanas: una mónada oscura, y que para comunicarse con el exterior, “debería haber una pantalla que recibiera las informaciones: una pantalla no uniforme sino diversificada mediante pliegues que representen temas de conocimiento innato. Esta pantalla o membrana, que está en tensión, tiene elasticidad y fuerza activa, y en verdad actúa (o reacciona) de manera que se adapta tanto a los pliegues pasados como a los nuevos”.
En esa pantalla, una serie de signos deberían codificarse de manera que cualquiera con conocimiento del código pudiera descifrarlos. Si todo y todos somos relativos, puesto que vivimos en una habitación oscura y “suponemos” (dentro la felicidad leibniziana) que los demás están en las mismas condiciones, se hace necesario pensar en un lenguaje universal, un protocolo que Leibniz llamará Characteristica Universalis: un espacio general de comunicación.
"Mediante este lenguaje universal, cualquier información podría grabarse sistemáticamente en símbolos abstractos con los que cualquier problema de razonamiento podría ser articulado y resuelto. Esta escritura universal podría ser entendida por todos, cada uno en su propia lengua, y proporcionaría el medio de comunicar por doquier. Incluyo entre los signos a los vocablos, las letras, las figuras químicas, astronómicas y chinas, los jeroglíficos, las notas musicales, las figuras estenográficas, aritméticas, algebráicas y todas las demás figuras que utilizamos al pensar en lugar de las cosas […]
Y ahora que definitivamente podemos elogiar la máquina como se merece, diremos que será de utilidad para todos aquellos que se vean envueltos en cálculos, los cuales, como es bien sabido, son los amos de los auntos financieros: los administradores de las haciendas de otros, los comerciantes, los agrimensores, los geógrafos, los navegantes, los astrónomos […] Pero si nos limitamos a los usos científicos, gracias a ella podrían corregirse las viejas tablas geométricas y astronómicas y elaborarse otras nuevas, con ayuda de las cuales podríamos medir todo tipo de curvas y figuras […] Convendrá ampliar todo lo posible las principales tablas pitagóricas, las tablas de cuadrados, cubos y demás potencias, y las tablas de combinaciones, variaciones y progresiones de todo tipo […] Seguramente, los astrónomos no tendrán que seguir agotando su paciencia con el cálculo […] ya que no vale la pena que hombres excelsos pierdan horas como si fueran esclavos en la tarea de calcular aquello que se puede relegar de un modo fiable a cualquier otro que utilice la máquina”.
Leibniz presentó en 1675 el lenguaje binario. Todo se podía escribir en ceros y unos. Hasta el infinito. El mundo digital es una construcción representacional, una mapa impecable de localización y seguimiento de las cosas reales, que ya no están quietas, porque en el cálculo de sumas tan enormes (infinitas) el porcentaje de variables que pueden ejercer su influencia en el resultado aumenta proporcionalmente. Esas variables deberían servir, según Leibniz, para sostener las relaciones entre los elementos, ya que los vincula aún estando éstos a velocidades distintas. Se va a la velocidad de la luz y se hace urgente un nuevo orden simbólico que atrape la idea de lo múltiple. Einstein sueña con atrapar una onda de luz. No funcionó. La luz huía de él. Pero se encontró en “el centro de una burbuja de luz concéntrica” , en donde a tiempo normal, y alucinado como un niño, fue capaz de observar la propia velocidad. Un interfaz que cambió la física moderna: un punto de encuentro y de predicción de dimensiones que se consideraban antagónicas.
Leibniz asentó de golpe el Cálculo de límites, que en matemáticas no es otra cosa que hallar las áreas de figuras hechas con líneas curvas y fijar valores diferenciales exactos, como las variaciones de velocidad de un cuerpo en movimiento: esto es, ser exacto, no conformarse con aproximaciones. Las funciones variables debían ser precisas, puesto que en realidad nacían para ser estándar y referente en un nuevo mundo estratégico en el que impera el cálculo: “¡Calculemos! Entonces tendrían que sacar las plumillas y hallarían una solución cuya exactitud todos aceptarían necesariamente.”
Para Leibniz, la Característica Universal era un alfabeto del pensamiento humano, no solamente de las cosas reales: un alfabeto que representara todos los conceptos fundamentales del conocimiento. Se necesitaban caracteres especiales que representaran complejos cálculos lógicos y matemáticos, para a su vez vincularlos a otros grandes grupos. Esos caracteres eran transitivos, eran verbos. Los símbolos alfabéticos, las letras, no tienen ningún significado por sí mismos. En cambio, los nuevos símbolos propuestos, como ¶ (integrar) y d (derivar), venían con definición bajo el brazo, ya que existían para hacer posible la negociación entre conjuntos distintos dentro del cálculo diferencial leibniziano: las derivadas. Introdujo además un nuevo símbolo muy especial, ≈, para representar la combinación de pluralidades de términos un tanto arbitrarios . El nuevo símbolo servía para combinar dos conjuntos de cosas en uno solo que contuviera todos los elementos de cada uno. El signo más nos anima a pensar en una suma ordinaria, pero el círculo que lo rodea nos advierte que no se trata de números que se sumen. El símbolo ≈ los vincula, los relaciona, no los suma.
En velocidad, la gestión científica de la realidad se ha ido definiendo en términos de rapidez a la hora de analizar situaciones siempre cambiantes. La investigación moderna ha valorado por encima de todo la capacidad de ponernos en el lugar de las cosas, emplazándolas en espacios de simulación creados al efecto. Desde la cibernética hasta los medios audiovisuales nacidos en el siglo XX, lo importante es la representación. La membrana en(de) la que se proyecta es el interfaz, la ventana para captar con más definición un mundo borroso y ubícuo. Pero también para marcar unas nuevas fronteras de espacio y tiempo. Leibniz dijo que “el presente es grande en el futuro, el futuro puede ser real en el pasado, la distancia se expresa en lo cercano”.
En esa pantalla, una serie de signos deberían codificarse de manera que cualquiera con conocimiento del código pudiera descifrarlos. Si todo y todos somos relativos, puesto que vivimos en una habitación oscura y “suponemos” (dentro la felicidad leibniziana) que los demás están en las mismas condiciones, se hace necesario pensar en un lenguaje universal, un protocolo que Leibniz llamará Characteristica Universalis: un espacio general de comunicación.
"Mediante este lenguaje universal, cualquier información podría grabarse sistemáticamente en símbolos abstractos con los que cualquier problema de razonamiento podría ser articulado y resuelto. Esta escritura universal podría ser entendida por todos, cada uno en su propia lengua, y proporcionaría el medio de comunicar por doquier. Incluyo entre los signos a los vocablos, las letras, las figuras químicas, astronómicas y chinas, los jeroglíficos, las notas musicales, las figuras estenográficas, aritméticas, algebráicas y todas las demás figuras que utilizamos al pensar en lugar de las cosas […]
Y ahora que definitivamente podemos elogiar la máquina como se merece, diremos que será de utilidad para todos aquellos que se vean envueltos en cálculos, los cuales, como es bien sabido, son los amos de los auntos financieros: los administradores de las haciendas de otros, los comerciantes, los agrimensores, los geógrafos, los navegantes, los astrónomos […] Pero si nos limitamos a los usos científicos, gracias a ella podrían corregirse las viejas tablas geométricas y astronómicas y elaborarse otras nuevas, con ayuda de las cuales podríamos medir todo tipo de curvas y figuras […] Convendrá ampliar todo lo posible las principales tablas pitagóricas, las tablas de cuadrados, cubos y demás potencias, y las tablas de combinaciones, variaciones y progresiones de todo tipo […] Seguramente, los astrónomos no tendrán que seguir agotando su paciencia con el cálculo […] ya que no vale la pena que hombres excelsos pierdan horas como si fueran esclavos en la tarea de calcular aquello que se puede relegar de un modo fiable a cualquier otro que utilice la máquina”.
Leibniz presentó en 1675 el lenguaje binario. Todo se podía escribir en ceros y unos. Hasta el infinito. El mundo digital es una construcción representacional, una mapa impecable de localización y seguimiento de las cosas reales, que ya no están quietas, porque en el cálculo de sumas tan enormes (infinitas) el porcentaje de variables que pueden ejercer su influencia en el resultado aumenta proporcionalmente. Esas variables deberían servir, según Leibniz, para sostener las relaciones entre los elementos, ya que los vincula aún estando éstos a velocidades distintas. Se va a la velocidad de la luz y se hace urgente un nuevo orden simbólico que atrape la idea de lo múltiple. Einstein sueña con atrapar una onda de luz. No funcionó. La luz huía de él. Pero se encontró en “el centro de una burbuja de luz concéntrica” , en donde a tiempo normal, y alucinado como un niño, fue capaz de observar la propia velocidad. Un interfaz que cambió la física moderna: un punto de encuentro y de predicción de dimensiones que se consideraban antagónicas.
Leibniz asentó de golpe el Cálculo de límites, que en matemáticas no es otra cosa que hallar las áreas de figuras hechas con líneas curvas y fijar valores diferenciales exactos, como las variaciones de velocidad de un cuerpo en movimiento: esto es, ser exacto, no conformarse con aproximaciones. Las funciones variables debían ser precisas, puesto que en realidad nacían para ser estándar y referente en un nuevo mundo estratégico en el que impera el cálculo: “¡Calculemos! Entonces tendrían que sacar las plumillas y hallarían una solución cuya exactitud todos aceptarían necesariamente.”
Para Leibniz, la Característica Universal era un alfabeto del pensamiento humano, no solamente de las cosas reales: un alfabeto que representara todos los conceptos fundamentales del conocimiento. Se necesitaban caracteres especiales que representaran complejos cálculos lógicos y matemáticos, para a su vez vincularlos a otros grandes grupos. Esos caracteres eran transitivos, eran verbos. Los símbolos alfabéticos, las letras, no tienen ningún significado por sí mismos. En cambio, los nuevos símbolos propuestos, como ¶ (integrar) y d (derivar), venían con definición bajo el brazo, ya que existían para hacer posible la negociación entre conjuntos distintos dentro del cálculo diferencial leibniziano: las derivadas. Introdujo además un nuevo símbolo muy especial, ≈, para representar la combinación de pluralidades de términos un tanto arbitrarios . El nuevo símbolo servía para combinar dos conjuntos de cosas en uno solo que contuviera todos los elementos de cada uno. El signo más nos anima a pensar en una suma ordinaria, pero el círculo que lo rodea nos advierte que no se trata de números que se sumen. El símbolo ≈ los vincula, los relaciona, no los suma.
En velocidad, la gestión científica de la realidad se ha ido definiendo en términos de rapidez a la hora de analizar situaciones siempre cambiantes. La investigación moderna ha valorado por encima de todo la capacidad de ponernos en el lugar de las cosas, emplazándolas en espacios de simulación creados al efecto. Desde la cibernética hasta los medios audiovisuales nacidos en el siglo XX, lo importante es la representación. La membrana en(de) la que se proyecta es el interfaz, la ventana para captar con más definición un mundo borroso y ubícuo. Pero también para marcar unas nuevas fronteras de espacio y tiempo. Leibniz dijo que “el presente es grande en el futuro, el futuro puede ser real en el pasado, la distancia se expresa en lo cercano”.
Más de Galileo
Galileo observó que el mundo iba rápido, más rápido que su propio mundo, por lo que necesitaba una prótesis de interpretación: una carta de navegación. El telescopio hacía patente que para establecer una relación con la velocidad era necesaria la "máquina"; un artefacto que fuera capaz de deducir la distancia, de conquistar el espacio. Así, la ciencia daba un salto hacia la predicción; análisis que pudieran demostrar cosas que eran intangibles, que pertenecían a un realidad “diferente”, pero que podíamos observar con nitidez en un espacio simbólico frente a nuestro ojo. Al trasladarse los puntos de luz sobre un plano gráfico, los cálculos “en movimiento” se hacían también simbólicos. El telescopio suponía el nacimiento del interfaz visual moderno, mediante el cual el hombre establece un lenguaje para hablar de la totalidad. La velocidad lleva a la estrategia, ciencia de la gestión del “todo”.
La primera fase del desarrollo del telescopio no tuvo que ver en absoluto con la astronomía, sino con los militares, que vieron su importancia a la hora de observar al enemigo. No por casualidad, catalejo se dice en inglés spyglass, “cristal para espiar”. La pantalla comienza a detectar y gestionar funciones ajenas.
Galileo diseñó un casco especial de navegación para encontrar la longitud respecto a los satélites de Júpiter. El dispositivo –llamado Celatone- era como una máscara de gas de bronce, con un telescopio acoplado frente a uno de los ojos. Con el ojo que estaba desnudo podía localizar la luz estable de Júpiter en el cielo. El telescopio proporcionaba al otro ojo una mirada a las lunas del planeta.
La primera fase del desarrollo del telescopio no tuvo que ver en absoluto con la astronomía, sino con los militares, que vieron su importancia a la hora de observar al enemigo. No por casualidad, catalejo se dice en inglés spyglass, “cristal para espiar”. La pantalla comienza a detectar y gestionar funciones ajenas.
Galileo diseñó un casco especial de navegación para encontrar la longitud respecto a los satélites de Júpiter. El dispositivo –llamado Celatone- era como una máscara de gas de bronce, con un telescopio acoplado frente a uno de los ojos. Con el ojo que estaba desnudo podía localizar la luz estable de Júpiter en el cielo. El telescopio proporcionaba al otro ojo una mirada a las lunas del planeta.
jueves, 27 de marzo de 2008
Para empezar, Galileo, ¡por qué no?
Se me ocurre que no hay nada mejor para empezar que recordar al viejo Galileo, obcecado en plasmar sobre papel lo que observaba en las estrellas cada noche a través de su telescopio. La obsesión de Galileo no era meramente la del artista renacentista que trabaja la perspectiva y la óptica para interpretar lo natural: lo que él persigue es encontrar un sistema para interpretar lo distinto.
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